Dreams

La muchacha tenía unos doce años y era la primera vez que viajaba sin sus padres.

Había estado a punto (muy a punto) de no ir. Se perdía muchos planes escolares porque compatir más horas de las estrictamente necesarias con las personas que se metían con ella cada maldito día no parecía una gran idea. Pero, en teoría, las bullies no iban a ese viaje, por lo que tenía vía libre para apuntarse.

Aunque no las tenía todas consigo. Por mucho que las peores no estuvieran, no estaba nada convencida de que fuera a pasarlo bien o de que sus compañeras de habitación se alegraran de verdad por su presencia. Pero se empeñó en ir de una forma que, mucho tiempo después, todavía no comprendería del todo. O tal vez no hubiera nada que comprender. Tal vez fuera un reto autoimpuesto, de esos que, también mucho tiempo más tarde, continuaría poniéndose de vez en cuando.

Su hermana le grabó una cinta de noventa minutos con un montón de música guay. A esos doce años la susodicha música guay era de las pocas armas que tenía a su alcance para no hundirse, para no afrontar el día con el convencimiento de que todo volvería a ser una mierda una y otra y otra y otra vez.

El trayecto duró unas cuatro horas, seguramente más por el descanso a mitad de camino, así que le dio para escuchar la cinta entera más de dos veces.

Algo le decía que sentía simpatía por Barcelona porque tenía familia allí y había estado de pequeña. De más pequeña. Igual no era exactamente así, e igual tampoco le importaba gran cosa ese destino. Le habría dado lo mismo pasar el fin de semana entero, con todas sus horas, minutos y segundos, con los auriculares puestos, en el asiento de ese autobús que avanzaba por carreteras infinitas y con la vista clavada en el mundo más allá de las ventanas.

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Foto de Alex Talmon para Unsplash

Ese habría sido su plan ideal, pero no se cumplió. El autobús llegó a donde tenía que llegar, porque ese era su cometido. Y, aunque las primeras horas cálidas y luminosas de aquel mediodía se estiraron con la pegajosidad de un chicle, el fin de semana hizo lo posible por mostrarle su mejor cara.

Poco podía intuir que, años después, regresaría sola a esa misma ciudad en un reto igual de autoimpuesto con objeto de plantarle cara a la jodida ansiedad con agorafobia. Y que se alojaría en la calle Aribau, a pocos metros de la casa de Carmen Laforet. Y que Barcelona volvería a mostrarle su mejor cara y que ella era más fuerte de lo que creía.

Faltaba mucho para eso y, ahora, no importaba. Tenía doce años, llevaba su suéter favorito (a rayas azules y blancas, con el cuello cruzado en zigzag por un cordón), estaba a muchos kilómetros de casa y no quería que se la tragara la tierra. En su cabeza sonaban las canciones de la cinta porque, al fin y al cabo, no había hecho nada durante esas cuatro horas aparte de escuchar música. Y se sentía bien.

El hotel estaba apartado y era un poco deprimente. Llegaron a media tarde y les dejaron tiempo libre hasta la hora de la cena. Estaba cerca de la playa, lo que en otro momento del año tal vez habría sido una virtud, pero ahora era temporada baja y no había un alma. Deambuló por los alrededores con sus compañeras de cuarto y terminaron corriendo delante de un perro que las perseguía. Se rieron mucho.

La ponía nerviosa la perspectiva de dormir con gente que no formaba parte de su familia. Nunca lo había hecho. Por eso prefería no pensar en ello. Por eso prefería no pensar en nada.

Ese fin de semana aprendió un buen puñado de cosas interesantes y sorprendentes:

  • Estar lejos de todo lo conocido daba miedo, pero también molaba.
  • Era capaz de dormir en una habitación donde no se encontraba nadie de verdadera confianza.
  • En el hotel deprimente se comía muy bien.
  • El museo de las ciencias lo molaba todo.
  • Cuando las bullies se quedaban en casa nadie la odiaba. No es que eso dijera gran cosa de quienes se dedicaban a reír las gracias de las matonas con indolente indiferencia, pero fue un descubrimiento agradable.
  • El delta del Ebro lo molaba todo, también. Aunque abrir una barra de pan y prepararse un bocata con chopped, queso y un huevo duro no era demasiado fácil sin cuchillo a mano.
  • Fue capaz de divertirse en la terrible discoteca del hotel y algunas personas de la clase hasta declararon que les parecía una tía guay.

Sobrevivió a ese fin de semana. Sobrevivió y no sufrió ni la mitad de lo que había vaticinado que iba a sufrir. La sensación de triunfo y de esperanza sobre el futuro, de confianza en que las cosas no solo tenían que ir como el culo, sino que podían ir bien, resultó embriagadora. Sobre todo tras pasar las cuatro horas del viaje de vuelta escuchando la misma cinta de noventa minutos del viaje de ida.

Por entonces no podía ni imaginarse que algunas de esas canciones (o más bien la mayoría) le recordarían para siempre a ese viaje. Cada vez que escuchara alguna de ellas, por muchos años que pasaran, recordaría la mañana gris, el sol que terminó abriéndose paso entre las nubes, cómo 1979, de The Smashing Pumpkins, sonaba mientras la cinta de asfalto se extendía más allá de donde le llegaba la vista. Cómo She’s electric, de Oasis, la acompañaba en el convencimiento de que no quería llegar a ninguna parte, sino quedarse a vivir en ese trasto itinerante. Cómo jugueteaba con el cordón del suéter nada más llegar, cuando bajaron del bus y se quedaron una eternidad o dos clavados quién sabía dónde y esperando que les dijeran a dónde iban. Lo bueno que estaba el desayuno del hotel. El grupo de jovenzuelos italianos que estuvieron haciendo el tonto con ella y sus compañeras en el museo de las ciencias. Cómo despertó con Dreams, de The Cranberries, en la cabeza.

Porque estaba también en esa cinta, claro.

Dreams.

Muchos años después escucharía Dreams en cualquier lado y sería incapaz de separarla del recuerdo de aquel fin de semana. La escucharía en varios momentos de Derry Girls, incluido el maravilloso 1×06, y lloraría como una imbécil por la nostalgia. Nostalgia de la guay, claro. No de la excesiva, machacona y demasiado edulcorada. La nostalgia de la serie y la suya propia.

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1999

En este post tenía pensado hablar de una historia que ya he versioneado mil y una veces, o casi. De cómo algunas de mis obsesiones y temas recurrentes llevan acompañándome muchos años. Sin embargo, ahora que estoy aquí me doy cuenta de que no solo quiero hablar de eso, sino de cómo me siento con todo esto de escribir ahora que falta tan poco para que el 2018 se marche para siempre.

Lo he comentado en varias ocasiones en las redes y también en algún que otro post antiguo: no me siento nada bien vendiéndome. Se me hace muy cuesta arriba estar presente en las redes para algo más que para compartir chorradas, y me cuesta mucho hacer contactos, estar al tanto (y tratar de asistir) a eventos y cantar las supuestas alabanzas de lo que escribo. No son pocas las veces que pienso que soy bastante imbécil por no tomarme más en serio la promoción online, que debería currármelo más, que debería intentarlo más. Pero es que es superior a mí. Ni siquiera estoy segura de ser una escritora al uso, porque, a diferencia de muchas autoras y autores que conozco, no me paso el día pensando en literatura, ni escribo todos los días. Creo que, en mi caso, lo que sucede más a menudo es que una historia aparece en mi mente y ya no me deja tranquila hasta que la suelto. En esos momentos sí soy obsesiva y la historia se convierte en el centro de mi vida. Pero, una vez terminada, puedo pasar semanas o meses sin escribir y sin echarlo especialmente de menos. Y así continúo hasta que aparece la siguiente historia que me obsesiona y me obliga a escribir.

A pesar de ello, y por eso estoy escribiendo este post, hay momentos en los que miro atrás, caigo en la cuenta de todo lo que he ido publicando, de la gente que me ha leído, de los proyectos que todavía están en las sombras pero que algún día dejarán de estarlo… y no puedo evitar pensar que mi yo de dieciséis años, aquella que escribió su primera novela de vampiros, estaría orgullosa. Porque no solo no he dejado de escribir (o, mejor dicho, no solo el acto de escribir ha continuado siendo algo sagrado para mí, algo a lo que siempre vuelvo, por mucho tiempo que lo abandone), sino que estoy alcanzando, por muy despacio y humildemente que sea, el objetivo que tanto anhelaba entonces: compartir mis historias con otras personas. Que mis obsesiones dejen de ser únicamente mías.

He versioneado esta historia mil y una veces. O algo menos. Lo he hecho porque sus personajes se han negado a dejar de atormentarme. Y me he sentido frustrada porque jamás he logrado que quedara tan auténtica como la primera vez, porque quizás (quizás) la mejor manera de escribir una historia de vampiros protagonizada por una chica rara de dieciséis años es ser una chica rara de dieciséis años. Pero, claro, entonces escribía mucho peor, ponía millones de comas criminales, repetía las mismas palabras hasta la saciedad, se me notaba demasiado la influencia de Poppy Z. Brite y era bastante pedante. Eso ahora no hay por dónde cogerlo. Pero si trato de escribirlo de nuevo no lo consigo. Logro textos que cuentan con sus propias virtudes, claro, pero no las que busco.

Quizás debería abandonar. Quizás debería simplemente asumir que esta historia nunca verá la luz. Que tal vez ni siquiera se merezca verla: no es tan buena ni tan original. Solo le tengo cariño porque, aunque no fue ni mucho menos la primera que escribí, sí supuso un antes y un después en mi forma de escribir, en mi forma de enfrentarme a la página en blanco. Y además lo hice a lo largo de un año que me marcó en muchos sentidos.

No sé muy bien a dónde quiero ir a parar. Pero sí quiero compartir un trocito de esa historia. Haciéndole una foto al papel, claro, porque esa primera versión no la conservo de ninguna otra forma. Porque sí. Porque ahí está mi fijación con los adolescentes outsiders. Porque llevo desde entonces escribiendo historias con chupasangres. Porque Jon, Marc, David y Alex le robaron el protagonismo a Bárbara y se convirtieron en personajes que ya nunca me han abandonado. Porque en la página anterior a este fragmento que os muestro estaba hablando de Lost Souls, y eso es algo que sigo haciendo casi veinte años después. Porque entonces escribía sin esperar que nadie me leyera y lo hacía sin filtro. Porque así debería hacerlo siempre. Porque es guay ver cómo escribía y compararlo con cómo escribo ahora. Ver lo mucho que ha llovido, lo mucho que he aprendido y, a pesar de todo, lo mucho que sigo siendo la misma.

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En el 2019, si no pasa nada, se publicará una historia que contiene la mayor parte de mis demonios. Una historia que surge directamente de mis pesadillas, y no lo digo de forma figurada. Una historia que escribí sin ese filtro, sin ese temor a las opiniones ajenas que se me ha ido depositando sobre los hombros aunque a veces no sea del todo consciente de ello. Y así es exactamente como me gustaría que continuara mi trayectoria: compartiendo y dejándome leer pero escribiendo sin miedo. Espero conseguirlo.

 

 

 

 

El velo (Un cuento de Villa Halloween)

Estudió la habitación con la actitud aprensiva de la persona que se sabe dominada por los despistes. ¿Estaba todo? Sus ojos se clavaron en el altar de ancestros por millonésima vez.

La fotografía era bastante lamentable; lo pensaba cada vez que la miraba. Estaba movida, su tía Antonia llevaba un vestido horrible, por el lado derecho asomaba un flamante pulgar y ella engullía tarta de cumpleaños con mofletes inflados como los de un hámster. Pero no había podido escoger otra: era la única foto que conservaba de la abuela. Y ni siquiera estaba entera: el mal encuadre le cortaba media cara.

Nada de eso importaba, se repitió. En el altar reposaban los objetos que simbolizaban los cuatro elementos: el fuego representado por la vela de especias que había preparado la noche anterior; la concha que había recogido de la playa a finales de verano, la pluma que se trajo del último paseo por el bosque y el guijarro del riachuelo. Había encendido la vela y también una varilla de incienso. Delante de todo y presidiendo esa composición digna de ser etiquetada como #witchy, #magick, #mabonaltar o #thecraft se situaba el libro.

El libro.

Estaba todo listo.

Antes de arrodillarse y dar comienzo a la invocación todavía se detuvo un momento para coger el sombrero de bruja que siempre descansaba sobre la estantería y la escoba que tenía apoyada junto a la puerta; un par de pequeños recordatorios de que, para ella, Halloween era algo digno de vivirse todos los días y no solo una vez al año.

Claro que pocas veces se atrevía a vestir de forma tan estrafalaria, pero la ocasión lo merecía de sobra. No porque hubiera de ir a una fiesta de disfraces ni nada parecido, sino porque sus menesteres mágicos lo requerían.

Se puso el sombrero, agarró la escoba y se miró al espejo. Asintió con aprobación.

Recorrió con las yemas de los dedos la ajada tapa del libro. Parecía que tuviera doscientos años, pero no era así. La persona que se lo vendió lo envejeció a propósito para que pareciera más venerable de lo que era. Es lo que cabe esperarse de un volumen tan maldito, ¿no te parece?, le había preguntado aquella tarde-noche. Ella había asentido. Para entonces habría sido imposible sorprenderla: aquella mujer que era al mismo tiempo la curandera de su pueblo y la dueña del kiosco de chucherías se las había apañado para conservar el único ejemplar (que se supiera) de un libro arcano cuyo rastro se suponía totalmente erradicado.

Afirmaban que todos los ejemplares se habían perdido; se habían volatilizado de un modo que solo podría calificarse de paranormal.

—Fueron Los Que Mueven Los Hilos —había dicho la señora—. En cuanto fueron conscientes de su existencia los hicieron desaparecer.

Se creía que una habitante del otro lado se había hecho tan amiga de una persona del mundo real que había terminado prestándole el libro que narraba la historia de su tierra. La susodicha persona había alucinado tanto que había terminado por publicarlo y difundirlo por su cuenta, desatando la preocupación (y posiblemente la ira) de Los Que Mueven Los Hilos, esas entidades que… movían los hilos.

Ella no sabía si era cierto que se habían hecho con todos los libros. Lo que sí sabía era que, de ser así, habían pecado un poquito de ingenuos al considerar que una medida semejante podría evitar que la información continuara propagándose. La invocación a la Muerte que contenían sus páginas era fácilmente localizable por internet. Claro que ella se tomaba el asunto demasiado en serio y había preferido dedicarse en cuerpo y alma a la búsqueda de un ejemplar físico: sabía que tenía que existir alguno. ¿Cómo iba alguien a invocar a la muerte sirviéndose de unas cuantas anotaciones sacadas del tumblr de alguna gótica adolescente?

El ocultismo no era algo para tomarse a la ligera.

Abrió el libro, ese que guardaba todas las respuestas. Toda la explicación del origen de la noche de Halloween. La revelación de cómo vivían los del otro lado. Todo ello narrado nada más y nada menos que por la Bruja Consejera.

Y la invocación, claro.

Había leído la mayor parte hacía días, pero evitando el pasaje de la invocación con todo el cuidado. No había querido leer ni una palabra hasta la noche de Halloween, aquella en la que los límites se desdibujaban. Aquella en la que el velo se tornaba tan fino que era posible mirar a través de él.

Ha llegado el momento, pensó.

Ahí estaba. Había marcado la página con una hoja de laurel.

Frunció el ceño.

—Joder, ¿en serio?

No había nadie cerca para escucharla, pero no pudo evitar levantar la voz.

—Esto no tiene sentido.

Se obligó a centrarse. No tenía sentido, no, pero no era necesario que lo tuviera. Era así y punto. Inspiró profundamente y leyó:

—¡Abra Cadabra Pata de Cabra! ¡Muerte! ¡Escucha mi llamada!

El silencio invadió la habitación durante varios segundos. Durante muchos segundos. Durante más de un minuto entero. Ella ya estaba medio convenciéndose de que había fracasado. De que todos sus esfuerzos no habían servido para nada. Pero, justo cuando empezaba a considerar la idea de apagar la vela y ponerse en pie, una humareda digna de concierto siniestro invadió la habitación.

Hizo aspavientos con los brazos para apartarla.

Qué raro, pensó. Precisamente hoy no he quemado hierbas.

El humo se fue dispersando poco a poco y, en su lugar, quedó un tipo altísimo de largos cabellos y vestimenta negra.

—Ay, joder. ¿Quién eres tú?

El individuo miró alrededor. Parecía ligeramente confundido.

—Tu indumentaria podría llevarme a engaño. También esta habitación tan morbosamente decorada como la de una Bruja Muy Mala. Pero no. No. Sé que no estoy en Villa Halloween.

Se quedó con la boca abierta. Se quedó absolutamente de piedra. Porque, a pesar de haberle preguntado quién era, no necesitaba ninguna respuesta. Ella había invocado a la muerte. Y Muerte estaba ahí mismo, justo delante de sus narices.

De hecho, ni siquiera había forma de tomarlo por alguien más: el libro estaba adorablemente ilustrado y era evidente que la presencia que estudiaba su habitación con cierto desagrado era nada más y nada menos que la parca en persona.

—¡Oh, maldición! —exclamó, con infinito dramatismo, antes de recoger velozmente el libro del altar—. ¿Cómo es posible que quedara uno? Habría jurado que se confiscaron todos los ejemplares.

Ella tragó saliva con dificultad.

—La mujer que me lo vendió me aseguró que el almacén de su kiosco se encuentra en una especie de agujero espacio-temporal, ajeno a toda ley universal, y que por eso nadie pudo localizarlo. También afirma que es el secreto de que los donuts y las chucherías de su tienda aguanten tanto sin ponerse rancios.

—Debo irme —dijo el alto, muy serio—. Puede que invocar a la muerte por puro divertimento te parezca un maravilloso plan para una noche como hoy, pero da la casualidad de que las personas (y los monstruos) tienen la mala costumbre de continuar muriéndose en cualquier momento.

Le echó un vistazo al despertador que descansaba en la mesita de noche.

—He de recoger un alma en menos de veinte minutos. Y eso si las Brujas Muy Malas no me interrumpen para importunarme con alguno de sus absurdos requerimientos.

Parecía muy estresado. Lo habría lamentado por él si hubiera sido capaz de sentir algo más que pasmo absoluto.

Pero debía reaccionar. No podía permitir que se marchara.

—No puedes irte —rogó.

—Vaya si puedo.

—¡Esta noche el velo se levanta! ¡Los límites se borran!

Muerte parpadeó con absoluto aburrimiento.

—¡Esta noche puedes hablar conmigo! Así que escúchame.

—Señorita, esta noche las brujas, fantasmas, zombies, hombres lobo y demás alimañas de Villa Halloween salen a divertirse. Y ya está. Te lo digo aunque estoy seguro de que ya lo sabes. Pero yo tengo un trabajo que cumplir, un trabajo del que nunca, jamás, descanso. Y, francamente, me parece bastante irrespetuoso por tu parte que…

—Moira tiene razón. Te hace falta divertirte. Todos necesitamos desconectar.

—Oh, por favor, no hagas eso.

—Vale, da igual. La cuestión es que no te he invocado por divertimento, como dices.

—¿No?

—No. Te he invocado porque esta noche… Esta noche el velo… Joder, te he invocado porque necesito comunicarme con mi abuela. Ella me crió y hay millones de cosas que nunca le dije. Suena a tópico, lo sé, pero yo solo era una cría pedante que renegaba de todo y le contestaba mal, y estábamos enfadadas cuando me dejó y es algo que me atormenta y mi vida es un poco desastre y necesito… Necesito su guía y su apoyo.

Muerte la observó durante un momento eterno.

—¿Qué te hace pensar que podría serte de ayuda?

—¿Siempre preguntas lo mismo?

—Ah, demonios —Se paseó arriba y abajo de la habitación—. ¿Sabes? Creo que ya sé por dónde vas. Has leído ese maldito libro y te has quedado con la impresión de que soy alguien amable y siempre dispuesto a echar una mano. No me pilla por sorpresa. Otras personas me invocaron para pedirme favores peregrinos antes de que requisáramos todos los libros. Admito que tú al menos has tenido la decencia de solicitar algo relacionado con mi trabajo. Llegaron a pedirme que intercediera en una entrevista de trabajo y en unos exámenes finales.

—Pero es verdad que eres amable. Ayudaste a Sindel y a Moira cuando el futuro de Villa Halloween pendía de un hilo.

Muerte se acercó. Se acercó mucho; solo un paso los separaba ahora. Ella estuvo tentada de retroceder. No era fácil tener a la muerte tan cerca y quedarse tan ancha.

—He de irme.

Se dio la vuelta.

—¿Y eso es todo?

—Lo es.

—¿No vas a dejar que hable con mi abuela?

—Estoy seguro de que conoces la respuesta: solo los escritos de Destino pueden determinar si tu familiar va a comunicarse contigo de algún modo o no. No está en mi mano actuar al respecto.

En su mirada se apreciaba cierta tristeza. Ella tuvo ganas de llorar, no sabía muy bien si por su plan frustrado o porque la enternecía que a aquel Increíble Ser de Las Tinieblas le supiera mal no poder ayudarla.

—Puede que esto te parezca insuficiente, pero escucha con atención: tu abuela te prestará su guía y su apoyo en cualquier caso. Hables con ella o no.

Hizo una reverencia, provocando que la capa negra ondeara misteriosamente.

—Muy convincente tu disfraz de bruja. Seguro que Sindel estaría de acuerdo conmigo.

—¡No es un disfraz!

—Feliz Noche de Halloween.

Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Se volatilizó igual que les había sucedido a los libros.

A todos salvo el suyo.

Miró el altar. La vela todavía ardía. También la varilla de incienso. Y el libro falsamente envejecido descansaba en el centro, presidiendo la escena brujeril.

Estaba segura de que Muerte se lo había llevado. ¿En qué momento lo había devuelto a su lugar?

Confía en mí, pensó.

Y sonrió.

A pesar de todo, sonrió.

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Ilustración de Gemma Martínez

 

Humo negro

La habitación es un poco más pequeña de lo que parecía en las fotografías de la aplicación, pero no está mal. La cama es amplia, el colchón firme y la almohada ni muy alta ni muy baja, exactamente como le gusta. Cuenta con armario, televisión, minibar, escritorio y silla.

Ningún butacón.

La mujer asiente con agrado.

Que haya un butacón no siempre es malo. Lo sabe. Pero no puede evitar ponerse rígida, sentir cómo los músculos se le tensan de pura tensión, cuando ve uno.

Esta vez no ha sido así. Esta vez puede estar tranquila.

Camina perezosamente a lo largo del reducido perímetro y termina por encender la luz del cuarto de baño. Todavía no lo ha visto.

Lavabo, bañera con cortina blanca, inodoro, secador de pelo de pared y… ¿Qué es eso? ¿Un teléfono? ¿Qué demonios hace aquí un teléfono?

Ya está. La conocida tensión.

No es un butacón, de acuerdo. Pero se trata de una anomalía. En una habitación de hotel.

Basta. Relájate. Solo es un estúpido teléfono.

No se cree esas palabras, pero se las repite de todas formas.

Sale del baño y apaga la luz. Da unas cuantas vueltas más a lo largo y ancho de la estancia hasta que su mirada se detiene sobre una tarjeta que descansa en la mesita de noche.

Se acerca en dos zancadas.

INSTRUCCIONES EN CASO DE HUMO NEGRO

Estimado/a cliente: Si durante su estancia observara un humo negro entrando por la rendija de la puerta, la cerradura o los conductos de ventilación le rogamos que se encierre inmediatamente en el aseo y llame por teléfono a recepción.

Muchas gracias. Esperamos que disfrute de un apacible alojamiento y un sueño reparador.

¿Humo negro? ¿Pero qué mierda es esta?

La angustia ya ha hecho presa de ella. La estruja con dedos helados. Sale de la habitación sin soltar la tarjeta y camina hacia el ascensor.

En la recepción la muchacha pelirroja de cabello corto que la atendió hace solo un momento teclea en el ordenador con semblante concentrado.

—Quiero saber qué significa esto.

Probablemente está siendo brusca, pero no le importa. No piensa dormir en ese lugar hasta que alguien le expliqué a qué se refiere el maldito tarjetón.

La chica aparta la mirada del monitor y la observa durante una fracción de segundo antes de posar sus ojos sobre el papel.

—Ah, esto —dice, despreocupada—. Es el Antiguo Enemigo.

Parpadea, atónita.

—¿Disculpe?

—El Antiguo Enemigo. Vive justo aquí. Quiero decir, debajo de todo esto. Bajo tierra. No suele molestar. De hecho, no molesta casi nunca. Pero de vez en cuando… Muy de vez en cuando, en realidad, le da por salir e invadir el ala oeste del hotel. Siempre el ala oeste. Debe tenerle manía.

Traga saliva. Hace meses tal vez se habría reído, considerando que está siendo objeto de alguna broma extraña.

Ahora no.

—Se cuela por cualquier resquicio y… Bueno, ya sabe.

—No, no sé.

—Pues eso.

—¿Qué?

—Que si la atrapa la mata, vaya.

Observa fijamente a la pelirroja durante un instante eterno.

—Pero, oiga, no se preocupe. Es lento, ¿sabe? Muy lento. Lo importante es darse cuenta de que está entrando en la habitación. Si es así, solo tiene que meterse en el baño. Por alguna razón que todavía no sabemos, nunca entra en los aseos. Barajamos la posibilidad de que odie el olor del desinfectante que usa el personal de limpieza, pero solo es una teoría. En el baño no hay peligro.

Se relame los labios con lentitud. Mira la tarjeta. Luego de nuevo a la joven.

—¿Y lo del teléfono? ¿Qué tiene que ver el teléfono en todo esto? ¿Por qué tengo que llamar a recepción si veo el humo negro?

La chica se encoge de hombros.

—Bueno, eso es más que nada para hacer compañía al cliente y que no se sienta solo y entre en pánico. La situación puede durar horas, ¿sabe? Puede hacerse pesada. El Antiguo Enemigo se lo toma todo con calma. Supongo que es lo que tiene ser tan antiguo. Si llama por teléfono a recepción nosotros le ponemos música relajante y le recordamos la importancia de no abandonar el cuarto de baño.

Asiente.

—¿Y qué sucedería si ese humo, el Antiguo Enemigo, se colara en mi habitación mientras duermo y no me diera cuenta?

—Oh, se daría cuenta. Huele bastante mal. Se despertaría a tiempo.

—Ajá.

La pelirroja sonríe.

—Quiero marcharme de aquí.

—Pero si acaba de llegar. Le ruego que no le dé importancia a esto. Ya le he dicho que el Antiguo Enemigo molesta muy de tarde en tarde. Debemos avisar de la posibilidad de que aparezca, pero… Mire, creo recordar que el año pasado vino solo una vez.

Deja las llaves sobre el mostrador con un golpe seco y se marcha sin mirar atrás.

Otro hotel al que tendrá que valorar con una estrella en la aplicación de reservas.

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Foto de Marten Bjork para Unsplash

 

 

 

 

¿Merendamos?

—Allí es.

Miras a un lado y a otro, impaciente, hasta que tus ojos se posan en lo que estoy señalando: la casa tras los muros de piedra y el jardín tan crecido que casi parece una selva. La casa que nos observa con ventanas de cristales rotos.

—Allí vivía la bruja.

La estudias durante un buen rato. Luego te das la vuelta y preguntas:

—Te refieres a esa chica con la que todo el mundo se metía, ¿verdad?

Asiento.

Te he hablado varias veces de ella. De cómo al principio habitaba también la madre y después, al morir la susodicha, se quedó sola. De lo bella que era, lo que, según las estrechas miras de la gente, solo contribuía a alimentar su fama de persona que no era de fiar. ¿O es que acaso era normal que una muchacha tan guapa viviera sola en un caserón en lugar de convertirse en la esposa de un hombre de bien?

No sabría decir cuándo comenzaron los comentarios, las habladurías. Los cuchicheos acerca de que vestía siempre de negro. De que nunca se la veía por el pueblo antes del atardecer. De que tenía el jardín lleno de gatos pulgosos que observaban, malévolos, todo movimiento de quien se atreviera a pasar cerca.

De que atraía la mala suerte.

De que nada iría bien hasta que se marchara.

Así fue durante mucho tiempo.

Luego, para colmo, empezaron a desaparecer niños. Ocurrió con tres o cuatro de ellos en un lapso relativamente breve. Y el pueblo se volvió loco.

La primera vez que escuché a alguien asegurando que la bruja se los había llevado no pude dar crédito. ¿Hablaban en serio? ¿Era eso posible? ¿Aquí y ahora, en este siglo?

Los rumores crecieron y se reprodujeron. Afirmaban que la habían visto cerca de las criaturas, acechándolas mientras jugaban, inocentes, en los columpios del parque. Estaban seguros de que no podía ser de otra manera. Se los había llevado. ¿Para qué? Nadie lo sabía. Quizás para comérselos. ¿No es eso lo que hacen las brujas? ¿Comerse a los niños?

No había ninguna prueba en su contra, claro. Ninguna prueba real.

Yo tenía entonces doce años y me resultaba evidente que la supuesta bruja no tenía nada que ver ni con la misteriosa desaparición de los niños ni con ninguna de las desgracias del pueblo. Me enfurecía tanto la estupidez de mis vecinos que empecé a alimentar un odio auténtico hacia todos aquellos paletos a la vez que, por supuesto, crecía mi admiración hacia ella. Me fascinaba su mirada de desdén cuando la insultaban por la calle. Sus andares majestuosos que no se alteraban por nada ni por nadie. ¿Cómo lograba seguir con su vida como si nada? ¿Por qué no se marchaba de ese lugar infecto? Nadie la quería allí. Y daba la sensación de que no le importaba en absoluto.

Me parecía muy valiente.

—Hay algo que nunca te he contado.

Estás intentando hacerle una foto a un gato pelirrojo que se ha subido al muro. El animal te observa con cierta curiosidad mientras permaneces a más de dos metros de él, pero termina esfumándose de un salto en cuanto avanzas un paso más.

—Dime.

Dejo que la mirada se me pierda en los árboles altísimos. En las malas hierbas. En los cristales rotos.

—Que una vez estuve en la casa.

—¿Qué?

—Me colé con Juan, Matilde y Eloy.

Y te lo explico. Te lo explico aunque nunca antes lo había hecho. No sé qué provoca que desee hacerlo justo ahora. Da igual, en cualquier caso.

Hacía semanas que se había marchado. La habían visto esperar el tren en la estación, una noche de luna llena, envuelta en su abrigo negro y portando una maletita.

Fue como si el pueblo dejara de respirar desde aquel momento. La expectación casi se podía tocar. Era evidente que estaban contando los días, tachando jornadas en el calendario hasta que pudieran convencerse de que no iba a regresar. De que la malvada bruja que causaba todos sus males (fueran cuales fuesen) había desaparecido de sus vidas al fin. Ya ni siquiera les preocupaba que fuera a quedar impune de ese peregrino delito de raptar niños. Eso no tenía importancia ya. Lo que deseaban era que se hubiera ido muy lejos y que así de lejos se quedara para siempre.

En el colegio no tardó en surgir la idea. ¿Y si nos colábamos? ¿Y si le echábamos algún vistazo a la casa de la bruja? Juan decía que quería encontrar pruebas de que se había llevado a los mocosos. Matilde iría a donde fuera Juan, porque bebía los vientos por él. Eloy solamente quería divertirse.

Yo tenía mis propios motivos para hacerlo. Lo que quería (lo único que quería) era demostrar a todo el mundo que allí dentro no había nada extraño. Que en la casa solo vivía, o había vivido, una mujer un poquito rara y solitaria.

Así que lo hicimos. Cogimos linternas, saltamos el muro y nos colamos en el jardín de los mil y un gatos pulgosos. Y luego nos escurrimos por una de las ventanas bajas, que estaba abierta.

La luz de las linternas rasgó la oscuridad reinante.

Todo era muy viejo allí dentro, como si hubiera sido heredado generación tras generación. La casa de mis abuelos parecía moderna al lado de esos muebles oscuros y vetustos, esas cortinas de terciopelo y esos sillones señoriales.

Entramos en la cocina tras estudiar el salón con impaciente minuciosidad. Nada daba a entender que allí viviera una bruja malvada y mis amigos ya estaban un poco decepcionados. Pero entonces… Entonces lo vi. El libro. El libro sobre la mesa de la cocina.

Repostería con niños.

Lo puse boca abajo instintivamente. No quería que nadie más lo viera. Pero cuando me di la vuelta la luz de la linterna cayó sobre una pequeña estantería cercana.

Las mejores tartas con carne de niño.

Magdalenas, galletas y mazapanes de niño: descubre todos los secretos

Postres con niños: un mundo de posibilidades.

Debí dejar escapar un gimoteo sin darme cuenta porque, de pronto, mis amigos me rodeaban y observaban los lomos de los libros con ojos tan desorbitados como los míos.

Fue en ese instante cuando escuchamos la puerta.

Para cuando entró los demás se habían evaporado. Todavía no sé muy bien cómo lo hicieron. Supongo que tenían más experiencia que yo en eso de allanar propiedades ajenas. En su lugar solo quedaba ella. La bruja. La mujer joven, bellísima, que se había marchado hacía semanas y que justo ahora, para futuro disgusto de los habitantes del pueblo, había regresado.

Me quedé de piedra. ¿Recordáis eso tan típico del conejo que se queda congelado en la carretera mientras se aproxima el coche que va a atropellarlo? Así estaba yo.

Ella me observaba con toda la tranquilidad del mundo. También con ese desdén, esa actitud altiva que yo tanto había admirado desde la distancia.

Y comenzó a acercarse.

El conejo continuó congelado.

Sus ojos se posaron sobre los libros del estante. Luego sobre el de la mesa, que estaba boca abajo.

—Creía que era mentira —me atreví a decir, tartamudeando como una tonta—. Que no te llevabas a los niños.

Sonrió. Su sonrisa era preciosa y gélida.

—Pues creías mal. Me los llevo y me los como. Y lo hago porque eso es lo que nos gusta hacer a las brujas: nos encanta comernos a los niños y a las niñas. Y como eso es lo que nos gusta, eso es exactamente lo que hago. Las apariencias, a veces, no engañan.

Hago una pausa y trago saliva. No me doy cuenta de que estás mirándome con expresión desencajada.

—¿Cómo saliste viva de allí?

Supongo que es una duda razonable. Me encojo de hombros.

—Sabía que siempre me había caído bien. Que no me gustaba que se metieran con ella. Una vez incluso la defendí a viva voz en la mercería, cuando la señora Isabel se negó a venderle unos botones bajo el pretexto de no querer relacionarse con gente de su calaña. Bueno, eso y que ya me veía mayor: solía comer niños de diez años para abajo.

Parpadeas con cara de pasmado.

—Me invitó a unas galletas que tenía guardadas en una lata muy bonita.

—¿Qué? ¿Y tú qué hiciste?

Me encojo de hombros otra vez.

—Me las comí. Estaban muy buenas. Tremendas, de hecho. Jamás en la vida he vuelto a comer unas galletas tan buenas.

Echo a andar, alejándome del muro. No me apetece seguir mirando la casa. Me la sé de memoria, a pesar de los años que hace que ya no vivo aquí y que solo vengo de visita. Ahora está abandonada de verdad. La bruja volvió a marcharse y esta vez sí fue para no volver.

Todavía hoy me pregunto si se llevó todos sus libros.

Te cojo del brazo.

—¿Merendamos?

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Foto de Fischer Twins para Unsplash

 

El ritual

Las hojas secas crujen bajo mis botas.

Hace frío y la luz mortecina de las farolas no logra abrirse paso a través de la densa niebla. Pienso que todas las noches de Halloween deberían ser igual de espeluznantes.

Me sabe fatal no llevar nada. Tendría que haber comprado bombones y chucherías. O tal vez haber cocinado galletas de calabaza y jengibre.

—Jovencita.

Giro la cabeza. Es tu vecina de al lado. La mujer excéntrica que podría tener cincuenta o cien años y que siempre saluda cuando paso por delante de su puerta.

Me cae bien.

—Ten.

Me pone en las manos una calabaza. Es pequeña y redonda. No tiene cara ni vela en su interior, pero me gusta.

—Tal vez te ayude a recordar.

—¿Qué?

Ya se aleja y la veo atravesar el jardincillo decorado con velas blancas, más calabazas y un inexplicable árbol de Navidad del que cuelgan calaveritas con piedras resplandecientes en las cuencas oculares. El vestido negro y la larga melena ondean a sus espaldas y pienso que me encanta y que ojalá me parezca un poco a ella cuando sea mayor.

En tu salón suena ese disco que siempre escuchas cuando estás triste.

Dejo la calabaza sobre la mesa, pero ni siquiera la miras.

Al lado de la tele está el dvd de Jóvenes y brujas y también el de En compañía de lobos. Nuestro combo infalible para Halloween.

Intentas cambiar el disco. La minicadena, esa antigualla de los años 80, no te hace ningún caso. Siempre bromeamos con que está encantada, aunque sabemos que no lo está porque deja de encenderse sola en cuanto la desenchufamos. Damos por hecho que un trasto embrujado de verdad debería ser capaz de funcionar a pesar de ello.

Te olvidas de la minicadena y coges uno de los dvd. Protesto un poco. Hace bastante que no nos vemos y preferiría que habláramos un rato antes de ver las películas.

No dices nada.

Sigues enfadada, está claro. ¿Cuándo tiempo piensas seguir así? Me siento mal. Creo que no me lo merezco.

—Joder —mascullas.

Estás mirando la pantallita de la minicadena. Pone: No me lo merezco.

Tiras del cable hasta que casi salta el enchufe de la pared. Las palabras continúan brillando con insolencia.

Lloras.

Y yo recuerdo.

Llevo seis años muerta. ¿O ya son siete?

Tú llevas esos mismos años culpándote por mi muerte.

Aquella noche de Halloween discutimos. Te enfadaste tanto que me empujaste para alejarme de ti y aterricé sobre la mesa de centro. La mesa de cristal. Estalló en pedazos y me corté en las muñecas con tan mala fortuna que caí desangrada antes de que llegara la ambulancia.

Joder.

Me pregunto si esto seguirá siendo así para siempre. Cuántas veces más habré de repetir los mismos actos. Cuántas noches de Halloween te visitaré en esta suerte de ritual para verte reproducir el tuyo propio, creado por y para tu sufrimiento. Si continuaré enfrentándome a la evidencia de que ya no existo en el mismo plano que tú de este mismo modo tan frío y contundente como una bofetada.

No lo sé.

Quizás nunca lo sepa.

Pero hay algo que sí sé: ya no estás enfadada conmigo.

Salgo y echo un vistazo al jardín de la vecina excéntrica.

Ella también lleva muerta mucho tiempo. Mucho más que yo. No sé qué le sucedió, pero tuvo lugar en Nochebuena. Y, a diferencia de mí, nunca se olvida de ello. Cada Halloween me entrega una calabaza y espera que me ayude a recordar. Pero cada Halloween termino en tu casa exactamente igual de perdida.

Espero que a la próxima sea diferente.

Aunque no pueda verla entre las sombras que pueblan la casa, sé que la vecina se encuentra al otro lado de la ventana. Tampoco veo ahora el árbol de Navidad, las velas blancas ni las calabazas. Solo malas hierbas demasiado crecidas. Pero nada de eso importa.

Sonrío y me despido con la mano antes de echar a caminar.

Las hojas secas crujen bajo mis botas.

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Foto de freestocks.org para Unsplash

 

Las ruinas

—¿Has visto lo lejos que me quedaba? Más de kilómetro y medio. Demasiado trayecto para esquivar a tanto matón.

Nos detenemos frente a la verja, que de niña me parecía altísima y ahora bastante insignificante y fácil de saltar.

El atardecer tiñe de naranja los afilados retazos de luz solar que penetran las copas de los árboles y el viento se va enfriando de un modo constante pero casi imperceptible.

—Da escalofríos pensar en lo que pasaste aquí.

Me encojo de hombros.

¿Cómo es posible que haya querido regresar? ¿Por qué no me da escalofríos a mí, a pesar de todo? ¿Cómo soy capaz de observarlo incluso con cierta nostalgia?

Hay muy poco de aquella época que valga la pena preservar, al menos respecto a este lugar. Y, sin embargo…

El patio no es tan gigantesco e inabarcable como recordaba. Recorrerlo se me antojaba entonces como atravesar un desierto de arenas ardientes y salpicado de bestias venenosas. La distancia que separa las canastas de la cancha de baloncesto me parece ahora incluso anormalmente breve.

Caminamos despacio hasta la esquina.

No hay nada más allá del recinto, solo campos. El pueblo ha cambiado mucho desde que me marché, pero mi antigua escuela sigue siendo la última edificación por la parte norte.

—Ya no hay verde.

La salida trasera, frente a la que nos encontramos, se hallaba años atrás rodeada de un frondoso jardincillo. Ahora está todo pavimentado. Supongo que resultará mucho menos ominoso a los ojos de una niña asustada, pero también, desde luego, mucho más feo.

—Mira, un gato.

Me giro con brusquedad.

Así es. Una panterita delgada y sucia descansa a la sombra de los únicos y raquíticos arbustos que crecen junto al muro. Menea la cola a sacudidas lentas e indolentes y nos contempla con hosco abandono.

—Se está levantando.

Camina en nuestra dirección trazando una perfecta línea recta. Sus andares cimbreantes poseen cierto aire desafiante.

—Me encanta lo macarras que parecen los gatos callejeros.

Nos reímos.

—A mí también. A los pobres no les queda más remedio que endurecerse.

Se detiene a un par de pasos de nosotros. Su mirada se clava obstinadamente en la mía y por un segundo se me ocurre pensar que agradezco la presencia de la verja. Acto seguido, no obstante, me pregunto a qué viene esa impresión.

Solo es un gato hambriento.

—¿Tienes algo de comer?

—Galletas. ¿Le gustarán?

—Le gustará cualquier cosa.

Rebusco entre el caos de objetos que llena mi bolso. Los dedos recorren la superficie dura de un bolígrafo, el cartón de la cubierta del bloc de notas, el cuero suave del monedero y la superficie estriada de un botellín de agua antes de tropezarse con el plástico crujiente de un paquete de galletitas saladas cerrado con una pinza. Abro el envase, cojo una y la parto en varios pedazos.

Cuando levanto la mirada me invade la extraña sensación de que la noche se ha precipitado sobre nuestras cabezas.

El sol, pienso, se ha ocultado tras unas nubes.

—¿Quieres una galleta?

El gato está más cerca que antes. Sin duda se ha aproximado mientras buscaba, interesado por el posible manjar, aunque ahora permanece sentado tan inmóvil y mayestático que cualquiera podría tomarlo por una estatua de jardín.

De ese frondoso jardín que lo rodea.

Parpadeo confusa.

El viento sopla con intensidad y un mechón de cabello se me mete en la boca cuando la abro para decir algo, aunque no sé el qué.

Miro alrededor.

No estás.

—Las ruinas no son lugar para jugar.

—¿Qué?

La galleta se me cae.

Los ojos amarillos refulgen como canicas entre la hierba demasiado crecida. La cola, que continúa ondeando, remueve las hojas cercanas.

—Aquí no hay nada para ti.

Esta vez puedo ver cómo mueve la boca, de la que asoman colmillos diminutos, al tiempo que las palabras se alzan en el silencio herido por el viento sibilante.

—Los gatos no hablan.

—Vuelve por donde has venido.

—Los gatos no hablan.

El mareo me envuelve. Ese conocido mareo que precede al pánico y a las manos sudorosas y al corazón desbocado.

Miro de nuevo alrededor, pero sigues sin estar. Nadie está. Solo la oscuridad, cada vez más densa y envolvente.

—Márchate antes de que sea demasiado tarde.

, pienso. Eso es lo que voy a hacer.

Y me doy la vuelta con la intención de echar a caminar; no, a correr. Pero me topo con la verja verde. Con la altísima verja verde.

Nada se interpone ahora entre el gato y yo.

—Te lo dije.

Se incorpora con parsimonia y comienza a desperezarse poniendo el culo en pompa. Después se contonea hasta desaparecer entre la vegetación húmeda.

Le sigo.

La puerta trasera se encuentra solo a unos cuantos pasos y, para mi sorpresa, está abierta.

—No vayas por ahí.

—¿Por qué?

—Te están esperando. ¿Es que acaso no lo sabes? Han cogido piedras. Te las tirarán en cuanto te vean.

Retrocedo.

Camino, apartando malas hierbas que sobrepasan la altura de mi cintura, hacia la puerta delantera.

Los límites del patio se pierden entre jirones de niebla hasta más allá de donde me alcanza la vista.

—Iré a mi rincón.

No puedo verlo desde donde me encuentro, pero conozco el camino. Lo he recorrido más veces de las que puedo contar.

—Ya no es tu rincón.

Me detengo en seco.

—Te escondiste allí cada día, cada recreo, hasta que te encontraron. O, mejor dicho, hasta que decidieron reparar en ti porque era más divertido meterse contigo que ignorarte. ¿Acaso no lo recuerdas?

Me relamo los labios con impaciencia. Tengo la boca seca y el corazón me late en la garganta.

—Mi árbol.

Camino deprisa, aunque con torpeza. Trastabillo.

El árbol grande, el de las raíces abultadas. El que se alza, majestuoso, muy cerca de la entrada.

Siempre me siento allí, sola, y siempre me parece que una criatura muy venerable me acompaña y me protege.

—No es tu árbol.

Se me escapa un gimoteo ahogado. Un gimoteo ridículo.

—Creías que era así, pero un día vinieron y se subieron a sus raíces. Y la criatura venerable no se quejó. No los echó. No les dijo que sus dominios eran solo suyos y, como mucho, tuyos. Se dejó pisar, trepar, rayar con rotuladores de colores. Y ni se inmutó cuando, aquella vez, te empujaron, perdiste el equilibrio y se te cayó el almuerzo. El bocadillo reseco de pan integral y queso light, que habías estado mordisqueando sin ganas, se llenó de tierra. Ese bocadillo de niña rechoncha que estaba a régimen.

—Eres cruel.

—Soy lo menos cruel que encontrarás aquí. Pero todavía no te has dado cuenta.

Mis dedos se enredan en la verja pintada de verde. Es recia, dura, enorme y altísima. Está fría y huele a óxido.

—Quiero marcharme.

—Las gafas también terminaron en el suelo, ¿puede ser? Pero no pasó nada, porque eran gafas de cría. De niña rechoncha. Estaban pensadas para resistir caídas sin romperse.

—Quiero marcharme.

—¿Has vuelto a caerte a la acequia?

Me alejo.

—¿O te han empujado?

Miro hacia abajo.

La sudadera ancha, demasiado ancha, no oculta la tripa abultada. Las mallas grises están cubiertas de barro y las zapatillas tan llenas de agua que he ido dejando, al caminar, un rastro tras de mí. Tengo los dedos de los pies helados y entumecidos, y sé que las yemas están arrugadas como pasas.

Como pasas pálidas.

La mochila pesa mucho más de lo que debería, porque los libros y libretas están también empapados.

Me entran ganas de llorar.

Volverán a reñirme.

Volverán a reñirme por llevar los deberes en cuadernos ondulados y manchados de agua sucia.

Nadie se preguntará qué me ha pasado.

Nadie se lo preguntará.

—Quiero marcharme.

—Despierta.

Busco al gato, pero no está.

O quizás sí. Puede que su pelaje se haya fundido con la oscuridad reinante.

—Despierta.

La luz naranja del atardecer me hace guiñar los ojos.

—Joder, estabas como un tronco.

Me palpo los muslos.

Los tejanos están secos. También los dedos de los pies, enfundados en botas militares.

—Ya hemos llegado.

Has aparcado en la calle de al lado, justo donde se alzan las últimas casas del pueblo.

—Las ruinas no son lugar para jugar.

—¿Qué?

—Vámonos.

Me miras como si hubiera perdido un tornillo.

No es algo raro entre nosotros, a decir verdad.

—Creía que querías visitar tu antiguo colegio.

Vuelvo a frotar la tela de mis tejanos.

Seca.

—He cambiado de idea.

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