Desde la sala de espera

—¿Giuseppe? —preguntó, haciendo un gesto muy raro con las manos, en una broma privada que no comprendimos y que no explicó.

Estaba de guardia en la planta vacía. Hizo, muy seria y solícita, mil preguntas que apuntaban directamente a esa enfermedad que Google me había escupido a la cara cuando busqué información sobre los síntomas.

Yo no paraba de pensar, observándola desde la silla de enfrente, que se parecía a Veronica Mars.

Pidió varias pruebas. Más tarde descubriríamos que dio la orden de que nos atendiera otro médico, uno en concreto que, entre otras cosas, es un amor de persona.

No volvimos a verla durante semanas, lo que me convenció de que no existía y de que aquella tarde extraña y terrorífica habíamos hablado con un espectro.

Existe. Es real. Pero ya siempre la consideraré nuestro ángel de la guardia. O nuestro fantasma benefactor. O cualquier cosa parecida.

***

Es enorme, corpulento y barbudo. Parece un tipo duro, pero trata a su madre, diminuta a su lado, con la mayor dulzura que he presenciado en la vida. Me hipnotizó la forma en la que peinó sus cabellos blancos con los dedos toscos tras quitarle el gorro de lana aquella mañana todavía fría, todavía hostil.

Hoy vuelvo a tenerlos al lado. Espero que ella no esté demasiado enferma. Espero, por los dos, que se ponga bien.

***

—Joder, estas albóndigas se parecen a las de mi madre —digo.

Pero, en realidad, estoy segura de que no sabrán igual.

Sin embargo, cuando me llevo el tenedor a la boca me retrotraigo a la infancia en cuestión de segundos.

Son sus albóndigas, joder.

¿Se dedica mi madre muerta a cocinar cosas ricas en la cafetería del hospital?

Tal vez sea así. Sería propio de ella. Y también lo sería hacerlo discretamente y sin dejarse ver.

***

Te examina el abdomen y dice que no palpa nada raro.

Estoy a punto de ponerme a llorar.

¿Dónde han quedado todas mis preocupaciones? No me importa que hayamos tenido que olvidarnos del viaje a Venecia, ese en el que fantaseábamos con perdernos por callejuelas oscuras y sentirnos como si estuviéramos en «Amenaza en la sombra». Tampoco si soy buena escritora o una mediocre.

La felicidad, esa cabrona que siempre parece tan esquiva, está aquí y ahora, contigo y con tu sonrisa y con tu jodida compulsión de echarte alcohol desinfectante en las manos medio millón de veces al día, no vaya a ser que tus defensas maltrechas te jueguen una mala pasada.

No sé qué pasará mañana, pero ahora todo está bien.

Todo está bien y no me cambiaría por nadie.

marcelo-leal-525182-unsplash

Foto de Marcelo Leal para Unsplash

Anuncios

El caos maullante

Como hace mil años que no vengo por aquí, he pensado en traeros este mini relato que escribí en forma de hilo de Twitter para el Primer Torneo de las Artes Tuiteras, organizado por Editorial Cerbero hace unos meses.

Otra historia sobre un gato, sí. Nunca habrá suficientes.

Y, ya que mencionamos a la editorial del perrete de tres cabezas, aprovecho para recordaros, ya que no he hablado de ello en el blog, que hace nada salió a la venta Nictofobia, mi nuevo bolsilibro dentro de la colección Tíndalos. En este hilo cuento algunas cosillas sobre la novela.

También aparece un gato, por cierto.

eniko-kis-621583-unsplash

Foto de eniko kis para Unsplash

Ojalá pudiera contarle a la dependienta de la tienda donde compro la mousse de salmón Gold Supreme Divine que no es que mi gato sea pijo, sino que la necesito para poder dormir tranquila y que mi casa no se convierta en el infierno en la tierra.

Sospecho que no se lo creería.

Menudas semanas pasé cuando me mudé. Pesadillas horribles, la tele y el microondas encendiéndose solos, interferencias al hablar por teléfono y vasos estrellándose contra las paredes de la cocina. Y más cosas de las que ya no me acuerdo o prefiero no acordarme.

Una mañana me crucé con la vecina de abajo y me soltó:

—Vaya ojeras, nena.

Hizo una pausa dramática y me miró de arriba abajo.

—Sé lo que pasa en tu casa. Las tres lo sabemos.

Y yo pregunté, con cara de besugo:

—¿Quiénes sois las tres y qué es lo que se supone que sabéis?

Me contó que lleva años quedando los domingos con la de la puerta tres y la de la diecisiete para ver Cuarto Milenio. Y que antes también iba la de la puerta veintidós, pero que ya no porque se marchó, desesperada, debido a (palabras literales) la fenomenología paranormal.

Le exigí detalles y me invitó a tomar una mistelita. Fui a su casa, repleta de retratos familiares horteras, y me contó que la de la puerta veintidós llegó a contratar a una médium muy famosa para «limpiar el piso».

—Intuyo que tuvo poco éxito.

—A ver, lo tuvo. Pero relativo.

Parece ser que el demonio que allí habitaba era especialmente virulento. Y la pobre médium lo único que consiguió fue confinarlo en el cuerpo del gatete de la casa.

A esas alturas ya me daba más miedo la mujer que el poltergeist. Pero, aun así, pregunté:

—¿Qué pasó con ese gato?

Me estrujó la mano hasta que todos los huesecillos crujieron.

—Lo emparedaron en el falso techo de la cocina.

Volví a casa y me cargué el techo a martillazo limpio, por supuesto.

Solo quería comprobar si la cabecilla de «Viejas y brujas» había dicho la verdad o estaba como una cabra.

Un hedor horripilante me invadió en cuanto la escayola comenzó a resquebrajarse.

Hedor a pis y caca de gato.

—Al fin descubres mi morada, humana.

—Hostia puta.

No veía nada. El agujero todavía era pequeño. Pero la voz llegaba clara, potente y sugestiva.

—¿Eres…? ¿Eres el gato?

—¿Gato? Soy la noche. El terror. La desesperación. SOY EL CAOS MAULLANTE. Digo, reptante.

—…

—Soy el gato. Y el demonio. Nada puede matarme. INGENUA LA QUE PENSÓ QUE PODRÍA ACABAR CONMIGO ENCERRÁNDOME AQUÍ.

—Voy a tener que largarme, ¿verdad?

—No necesariamente, humana.

Quería comida. Me dijo que los demonios no necesitaban comer nada más que horror y pavor pero que, como su cuerpo era el de un gato, pues tenía antojo de otra cosa. Metí una lata de atún por el agujero, pero al poco me la tiró encima. Se me llenó la camiseta de aceite.

—Tendrás que traerme algo mejor, humana. Si lo haces te dejaré dormir sin pesadillas. No explotarán más vasos ni se encenderá solo el microondas.

Y así fue.

¿Sabéis que es lo peor de todo esto? Comprar latitas para gatos sin tener, en realidad, ninguno al que poder achuchar.

No me olvides

San Valentín.

Esta mañana desperté con un sabor agridulce en la boca. Antonio dormía a mi lado y pensé que este iba a ser el primer San Valentín que pasaría acompañada tras la traumática muerte de Diego, mi marido, seis años atrás.

¿Existe una festividad más cruel para los solitarios y, en especial, para aquellos a los que el amor les fue una vez negado, extirpado de cuajo? Lo odio, odio San Valentín. Pero Antonio, todo un jodido caballero andante, se había propuesto hacerme pasar una velada inolvidable y supuse que nada podría salir mal.

Esta mañana sonó el despertador, nos dimos una ducha, desayunamos deprisa y yo, que era la que entraba antes a trabajar, me marché atropelladamente dejando a Antonio solo en casa.

Bueno, no lo dejé solo. Lo dejé con Magnus, mi gato negro, al que había adoptado un par de años antes y que, debido a alguna razón que aún se me escapaba, aborrecía a mi nuevo novio. Siempre se portaba mal en su presencia, le bufaba y le lanzaba dentelladas y zarpazos a la menor ocasión. Una vez incluso vomitó en sus zapatos. En los dos. Y, no contento con eso, en ocasiones se quedaba durante largo observándolo, hierático, como si le estuviese reprochando algo que solo él conociera.

Yo no le daba demasiada importancia. Sabía que el animal, acostumbrado a compartir piso únicamente conmigo, todavía se encontraba incómodo con el nuevo visitante. Al fin y al cabo, Antonio y yo solo llevábamos juntos cinco meses. Estaba segura de que Magnus terminaría por acostumbrarse.

En cuanto he entrado en casa he sabido que algo no iba bien.

Antonio había quedado en venir a recogerme al trabajo, pero no lo ha hecho. Le he esperado durante más de media hora en la puerta, helándome de frío, y le he llamado al móvil un centenar de veces. Lo primero que he pensado es que me había plantado. Que me había plantado en San Valentín, el muy cabrón. Pero luego he empezado a preocuparme.

He cogido un taxi y me he apresurado a regresar a casa. Y, nada más entrar, he visto que Magnus no me esperaba en el recibidor, como de costumbre.

Naturalmente, encontrarme con huellas suyas, huellas rojas, pegajosas, recorriendo el pasillo, solo ha servido para confirmarme que algo iba mal. Muy mal.

Viendo a Antonio, o esos despojos ensangrentados que antes eran Antonio, resulta difícil, incluso absurdo, pensar que Magnus es el causante. Pero yo sé que lo es. Lo sé tan bien como ese hecho que hasta ahora no había querido afrontar por más claro que se me mostrara: Magnus, mi gato, el rey de mi casa, no es sino mi amado muerto.

Pensaréis que todo esto es horrible. También yo lo creo. Lo ocurrido no me parece ni mucho menos lo mejor que alguien puede encontrarse al llegar a casa la noche de San Valentín. Pero estoy segura de que mi marido, en vida, nunca habría hecho así.

Supongo que morirse es algo lo suficientemente traumático como para volver loco a cualquiera. Sobre todo si optas por volver a vivir en el cuerpo de un gato.

¿Creéis que deliro? No me importa. Sé que estoy en lo cierto. Y también sé que pasaré esta noche a solas. A solas con la tarjeta cursilona a medio escribir que Antonio sostenía en una de sus manos y con la terrible certeza de que he vuelto a perder a mi amor. Al nuevo y al antiguo.

hannah-troupe-349131-unsplash

Foto de Hannah Troupe para Unsplash

Fuera de servicio

Hace varios siglos, o, más concretamente, en el 2009, escribía en un blog colaborativo sobre literatura que surgió a raíz del fallo del premio El Barco de Vapor. No sé qué demonios tenía yo entonces en la cabeza para pensar que contaba con alguna posibilidad de ganar El Barco de Vapor o el Gran Angular, porque llegué a presentarme a ambos durante dos o tres convocatorias sucesivas. Pero ese es otro tema. La cuestión es que varias personas compartimos opiniones en un foro (o sección de comentarios, no recuerdo bien) de no sé qué página relacionada y terminamos con un proyecto conjunto que fue bastante chulo mientras duró.

En ese blog hablábamos de literatura, de escribir, de nuestras obsesiones y manías literarias e incluso se planteaban retos y juegos. Uno de ellos consistió en escribir un post con una historia en la que aparecieran unas determinadas palabras.

El 25 de noviembre de 2009 (bajo la premisa de tener que usar las palabras: manzana, algodón, calendario, rencor, fiesta, tabaco, cacerola, mármol, anciano, horizonte y acidez), colgué Fuera de servicio. Más tarde llegué a escribir una versión más larga y elaborada, pero tengo que admitir que la original siempre me gustó más.

Como comentaba en Twitter, hoy ha habido huelga de buses en Valencia (mañana habrá de metro) y he visto varios vehículos que estaban, pues eso, fuera de servicio, así que no he podido evitar acordarme del cuento. Aquí os lo dejo.

(Sí: es un homenaje a La cabina.)

(Y sí: la foto la he escogido como homenaje a Retiro Infinito.) 

brian-kndeneh-515836-unsplash

Foto de Brian Kndeneh para Unsplash

Me senté en uno de los bancos de mármol de la estación, entre una mujer sepultada en bolsas de El Corte Inglés y un anciano que emanaba un olor a tabaco tan penetrante que estuvo cerca de marearme.

Estaba cansada y me molestaba el estómago. Siempre me entraba acidez en épocas de nervios. El hecho de haber comido solo una manzana y un par de galletas en todo el día no ayudaba gran cosa a sentirme mejor, pero había sido incapaz de ingerir nada más.

Menudo imbécil. ¿Por qué había tenido que venir otra vez a esperarme al trabajo? Claro, sabía que cuando hacía eso yo no tenía escapatoria, tenía que escucharle sí o sí. La excusa, esta vez, había sido invitarme a su fiesta de cumpleaños. Como si yo tuviese algún interés en ir.

Rencorosa, me había llamado.

No se trataba de rencor. Se trataba de decepción. Jamás podría perdonarle lo que había hecho, porque mi confianza en él se había hecho añicos. Eso era peor que el rencor. Y, además, irreversible.

El metro llegó. Me puse en pie y me dirigí al último vagón, como siempre.

Me separaban ocho estaciones hasta llegar a casa, dos de ellas subterráneas y las demás al descubierto. Casi todas las estaciones de los pueblos de las afueras de la ciudad eran descubiertas y me encantaba que fuesen así. Las subterráneas siempre me habían parecido un poco deprimentes.

Clavé la mirada en la ventana de enfrente, que me devolvía mi propio reflejo un poco distorsionado. Observé mi rostro salpicado de esas pecas que todos decían que me daban un aire de niña pequeña aún a mis casi veintiocho años.

La luz del día me sobresaltó. No me había dado cuenta de que habíamos pasado las dos primeras estaciones.

Observé con extrañeza que el cielo se mostraba gris y plomizo. No hacía ni media hora el sol brillaba con todo el ardor de una tarde de julio.

Fue entonces cuando reparé en que no había nadie en mi vagón. Algo raro, pues el metro solía ir bastante lleno a esas horas. Me dispuse a echar un vistazo al resto de los vagones.

No había nadie.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Me sentí helada, como si mi camiseta de algodón no bastase para abrigarme en una calurosa tarde veraniega. Para alimentar más mis nervios advertí también que, de hecho, el metro no se había detenido desde que había entrado en él. Había viajado tan absorta en mis pensamientos durante el tramo subterráneo que ni me había dado cuenta.

Miré a través de las ventanas y comprobé que el paisaje no me resultaba familiar. Tan solo observaba áridas llanuras que se perdían en el horizonte, extensiones grisáceas salpicadas por algún que otro árbol solitario.

Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. ¿Qué diablos ocurría?

Me dirigí rápidamente a la cabina del conductor, atravesando, tambaleante, todo el metro vacío. Golpeé la puerta con brusquedad.

—¡Por favor! ¿Qué ocurre? ¿A dónde vamos? ¿Por qué no hay nadie?

La puerta se abrió. Me encontré con un señor de rostro severo ataviado con el uniforme de la compañía ferroviaria.

—¿Por qué no paramos en ninguna parte? ¿Dónde estamos?

El hombre, sin abrir la boca y sin prestarme la menor atención, se dio la vuelta y volvió a entrar en la cabina. Fui tras él, negándome a permanecer fuera, sola y sin respuestas.

En cuanto entré me horroricé. Dentro de la cabina, sentado ante los controles del vehículo, se encontraba un hombre con una cacerola en la cabeza, como una especie de casco absurdo. Advertí que, a su izquierda, había colgado un calendario y casi me desmayé al comprobar que este no era más que una sucesión de ceros.

Año cero, días cero. Todo cero.

Ninguno de los dos hombres dijo nada ni movió un solo músculo. Salí de la cabina, mareada, trastornada, y me dejé caer en uno de los múltiples asientos vacíos.

Y entonces, solo entonces, busqué con la mirada el panel indicativo del destino del metro: Fuera de Servicio.

Dreams

La muchacha tenía unos doce años y era la primera vez que viajaba sin sus padres.

Había estado a punto (muy a punto) de no ir. Se perdía muchos planes escolares porque compatir más horas de las estrictamente necesarias con las personas que se metían con ella cada maldito día no parecía una gran idea. Pero, en teoría, las bullies no iban a ese viaje, por lo que tenía vía libre para apuntarse.

Aunque no las tenía todas consigo. Por mucho que las peores no estuvieran, no estaba nada convencida de que fuera a pasarlo bien o de que sus compañeras de habitación se alegraran de verdad por su presencia. Pero se empeñó en ir de una forma que, mucho tiempo después, todavía no comprendería del todo. O tal vez no hubiera nada que comprender. Tal vez fuera un reto autoimpuesto, de esos que, también mucho tiempo más tarde, continuaría poniéndose de vez en cuando.

Su hermana le grabó una cinta de noventa minutos con un montón de música guay. A esos doce años la susodicha música guay era de las pocas armas que tenía a su alcance para no hundirse, para no afrontar el día con el convencimiento de que todo volvería a ser una mierda una y otra y otra y otra vez.

El trayecto duró unas cuatro horas, seguramente más por el descanso a mitad de camino, así que le dio para escuchar la cinta entera más de dos veces.

Algo le decía que sentía simpatía por Barcelona porque tenía familia allí y había estado de pequeña. De más pequeña. Igual no era exactamente así, e igual tampoco le importaba gran cosa ese destino. Le habría dado lo mismo pasar el fin de semana entero, con todas sus horas, minutos y segundos, con los auriculares puestos, en el asiento de ese autobús que avanzaba por carreteras infinitas y con la vista clavada en el mundo más allá de las ventanas.

alex-talmon-192-unsplash

Foto de Alex Talmon para Unsplash

Ese habría sido su plan ideal, pero no se cumplió. El autobús llegó a donde tenía que llegar, porque ese era su cometido. Y, aunque las primeras horas cálidas y luminosas de aquel mediodía se estiraron con la pegajosidad de un chicle, el fin de semana hizo lo posible por mostrarle su mejor cara.

Poco podía intuir que, años después, regresaría sola a esa misma ciudad en un reto igual de autoimpuesto con objeto de plantarle cara a la jodida ansiedad con agorafobia. Y que se alojaría en la calle Aribau, a pocos metros de la casa de Carmen Laforet. Y que Barcelona volvería a mostrarle su mejor cara y que ella era más fuerte de lo que creía.

Faltaba mucho para eso y, ahora, no importaba. Tenía doce años, llevaba su suéter favorito (a rayas azules y blancas, con el cuello cruzado en zigzag por un cordón), estaba a muchos kilómetros de casa y no quería que se la tragara la tierra. En su cabeza sonaban las canciones de la cinta porque, al fin y al cabo, no había hecho nada durante esas cuatro horas aparte de escuchar música. Y se sentía bien.

El hotel estaba apartado y era un poco deprimente. Llegaron a media tarde y les dejaron tiempo libre hasta la hora de la cena. Estaba cerca de la playa, lo que en otro momento del año tal vez habría sido una virtud, pero ahora era temporada baja y no había un alma. Deambuló por los alrededores con sus compañeras de cuarto y terminaron corriendo delante de un perro que las perseguía. Se rieron mucho.

La ponía nerviosa la perspectiva de dormir con gente que no formaba parte de su familia. Nunca lo había hecho. Por eso prefería no pensar en ello. Por eso prefería no pensar en nada.

Ese fin de semana aprendió un buen puñado de cosas interesantes y sorprendentes:

  • Estar lejos de todo lo conocido daba miedo, pero también molaba.
  • Era capaz de dormir en una habitación donde no se encontraba nadie de verdadera confianza.
  • En el hotel deprimente se comía muy bien.
  • El museo de las ciencias lo molaba todo.
  • Cuando las bullies se quedaban en casa nadie la odiaba. No es que eso dijera gran cosa de quienes se dedicaban a reír las gracias de las matonas con indolente indiferencia, pero fue un descubrimiento agradable.
  • El delta del Ebro lo molaba todo, también. Aunque abrir una barra de pan y prepararse un bocata con chopped, queso y un huevo duro no era demasiado fácil sin cuchillo a mano.
  • Fue capaz de divertirse en la terrible discoteca del hotel y algunas personas de la clase hasta declararon que les parecía una tía guay.

Sobrevivió a ese fin de semana. Sobrevivió y no sufrió ni la mitad de lo que había vaticinado que iba a sufrir. La sensación de triunfo y de esperanza sobre el futuro, de confianza en que las cosas no solo tenían que ir como el culo, sino que podían ir bien, resultó embriagadora. Sobre todo tras pasar las cuatro horas del viaje de vuelta escuchando la misma cinta de noventa minutos del viaje de ida.

Por entonces no podía ni imaginarse que algunas de esas canciones (o más bien la mayoría) le recordarían para siempre a ese viaje. Cada vez que escuchara alguna de ellas, por muchos años que pasaran, recordaría la mañana gris, el sol que terminó abriéndose paso entre las nubes, cómo 1979, de The Smashing Pumpkins, sonaba mientras la cinta de asfalto se extendía más allá de donde le llegaba la vista. Cómo She’s electric, de Oasis, la acompañaba en el convencimiento de que no quería llegar a ninguna parte, sino quedarse a vivir en ese trasto itinerante. Cómo jugueteaba con el cordón del suéter nada más llegar, cuando bajaron del bus y se quedaron una eternidad o dos clavados quién sabía dónde y esperando que les dijeran a dónde iban. Lo bueno que estaba el desayuno del hotel. El grupo de jovenzuelos italianos que estuvieron haciendo el tonto con ella y sus compañeras en el museo de las ciencias. Cómo despertó con Dreams, de The Cranberries, en la cabeza.

Porque estaba también en esa cinta, claro.

Dreams.

Muchos años después escucharía Dreams en cualquier lado y sería incapaz de separarla del recuerdo de aquel fin de semana. La escucharía en varios momentos de Derry Girls, incluido el maravilloso 1×06, y lloraría como una imbécil por la nostalgia. Nostalgia de la guay, claro. No de la excesiva, machacona y demasiado edulcorada. La nostalgia de la serie y la suya propia.

1999

En este post tenía pensado hablar de una historia que ya he versioneado mil y una veces, o casi. De cómo algunas de mis obsesiones y temas recurrentes llevan acompañándome muchos años. Sin embargo, ahora que estoy aquí me doy cuenta de que no solo quiero hablar de eso, sino de cómo me siento con todo esto de escribir ahora que falta tan poco para que el 2018 se marche para siempre.

Lo he comentado en varias ocasiones en las redes y también en algún que otro post antiguo: no me siento nada bien vendiéndome. Se me hace muy cuesta arriba estar presente en las redes para algo más que para compartir chorradas, y me cuesta mucho hacer contactos, estar al tanto (y tratar de asistir) a eventos y cantar las supuestas alabanzas de lo que escribo. No son pocas las veces que pienso que soy bastante imbécil por no tomarme más en serio la promoción online, que debería currármelo más, que debería intentarlo más. Pero es que es superior a mí. Ni siquiera estoy segura de ser una escritora al uso, porque, a diferencia de muchas autoras y autores que conozco, no me paso el día pensando en literatura, ni escribo todos los días. Creo que, en mi caso, lo que sucede más a menudo es que una historia aparece en mi mente y ya no me deja tranquila hasta que la suelto. En esos momentos sí soy obsesiva y la historia se convierte en el centro de mi vida. Pero, una vez terminada, puedo pasar semanas o meses sin escribir y sin echarlo especialmente de menos. Y así continúo hasta que aparece la siguiente historia que me obsesiona y me obliga a escribir.

A pesar de ello, y por eso estoy escribiendo este post, hay momentos en los que miro atrás, caigo en la cuenta de todo lo que he ido publicando, de la gente que me ha leído, de los proyectos que todavía están en las sombras pero que algún día dejarán de estarlo… y no puedo evitar pensar que mi yo de dieciséis años, aquella que escribió su primera novela de vampiros, estaría orgullosa. Porque no solo no he dejado de escribir (o, mejor dicho, no solo el acto de escribir ha continuado siendo algo sagrado para mí, algo a lo que siempre vuelvo, por mucho tiempo que lo abandone), sino que estoy alcanzando, por muy despacio y humildemente que sea, el objetivo que tanto anhelaba entonces: compartir mis historias con otras personas. Que mis obsesiones dejen de ser únicamente mías.

He versioneado esta historia mil y una veces. O algo menos. Lo he hecho porque sus personajes se han negado a dejar de atormentarme. Y me he sentido frustrada porque jamás he logrado que quedara tan auténtica como la primera vez, porque quizás (quizás) la mejor manera de escribir una historia de vampiros protagonizada por una chica rara de dieciséis años es ser una chica rara de dieciséis años. Pero, claro, entonces escribía mucho peor, ponía millones de comas criminales, repetía las mismas palabras hasta la saciedad, se me notaba demasiado la influencia de Poppy Z. Brite y era bastante pedante. Eso ahora no hay por dónde cogerlo. Pero si trato de escribirlo de nuevo no lo consigo. Logro textos que cuentan con sus propias virtudes, claro, pero no las que busco.

Quizás debería abandonar. Quizás debería simplemente asumir que esta historia nunca verá la luz. Que tal vez ni siquiera se merezca verla: no es tan buena ni tan original. Solo le tengo cariño porque, aunque no fue ni mucho menos la primera que escribí, sí supuso un antes y un después en mi forma de escribir, en mi forma de enfrentarme a la página en blanco. Y además lo hice a lo largo de un año que me marcó en muchos sentidos.

No sé muy bien a dónde quiero ir a parar. Pero sí quiero compartir un trocito de esa historia. Haciéndole una foto al papel, claro, porque esa primera versión no la conservo de ninguna otra forma. Porque sí. Porque ahí está mi fijación con los adolescentes outsiders. Porque llevo desde entonces escribiendo historias con chupasangres. Porque Jon, Marc, David y Alex le robaron el protagonismo a Bárbara y se convirtieron en personajes que ya nunca me han abandonado. Porque en la página anterior a este fragmento que os muestro estaba hablando de Lost Souls, y eso es algo que sigo haciendo casi veinte años después. Porque entonces escribía sin esperar que nadie me leyera y lo hacía sin filtro. Porque así debería hacerlo siempre. Porque es guay ver cómo escribía y compararlo con cómo escribo ahora. Ver lo mucho que ha llovido, lo mucho que he aprendido y, a pesar de todo, lo mucho que sigo siendo la misma.

IMG_20181206_191006_875

En el 2019, si no pasa nada, se publicará una historia que contiene la mayor parte de mis demonios. Una historia que surge directamente de mis pesadillas, y no lo digo de forma figurada. Una historia que escribí sin ese filtro, sin ese temor a las opiniones ajenas que se me ha ido depositando sobre los hombros aunque a veces no sea del todo consciente de ello. Y así es exactamente como me gustaría que continuara mi trayectoria: compartiendo y dejándome leer pero escribiendo sin miedo. Espero conseguirlo.

 

 

 

 

El velo (Un cuento de Villa Halloween)

Estudió la habitación con la actitud aprensiva de la persona que se sabe dominada por los despistes. ¿Estaba todo? Sus ojos se clavaron en el altar de ancestros por millonésima vez.

La fotografía era bastante lamentable; lo pensaba cada vez que la miraba. Estaba movida, su tía Antonia llevaba un vestido horrible, por el lado derecho asomaba un flamante pulgar y ella engullía tarta de cumpleaños con mofletes inflados como los de un hámster. Pero no había podido escoger otra: era la única foto que conservaba de la abuela. Y ni siquiera estaba entera: el mal encuadre le cortaba media cara.

Nada de eso importaba, se repitió. En el altar reposaban los objetos que simbolizaban los cuatro elementos: el fuego representado por la vela de especias que había preparado la noche anterior; la concha que había recogido de la playa a finales de verano, la pluma que se trajo del último paseo por el bosque y el guijarro del riachuelo. Había encendido la vela y también una varilla de incienso. Delante de todo y presidiendo esa composición digna de ser etiquetada como #witchy, #magick, #mabonaltar o #thecraft se situaba el libro.

El libro.

Estaba todo listo.

Antes de arrodillarse y dar comienzo a la invocación todavía se detuvo un momento para coger el sombrero de bruja que siempre descansaba sobre la estantería y la escoba que tenía apoyada junto a la puerta; un par de pequeños recordatorios de que, para ella, Halloween era algo digno de vivirse todos los días y no solo una vez al año.

Claro que pocas veces se atrevía a vestir de forma tan estrafalaria, pero la ocasión lo merecía de sobra. No porque hubiera de ir a una fiesta de disfraces ni nada parecido, sino porque sus menesteres mágicos lo requerían.

Se puso el sombrero, agarró la escoba y se miró al espejo. Asintió con aprobación.

Recorrió con las yemas de los dedos la ajada tapa del libro. Parecía que tuviera doscientos años, pero no era así. La persona que se lo vendió lo envejeció a propósito para que pareciera más venerable de lo que era. Es lo que cabe esperarse de un volumen tan maldito, ¿no te parece?, le había preguntado aquella tarde-noche. Ella había asentido. Para entonces habría sido imposible sorprenderla: aquella mujer que era al mismo tiempo la curandera de su pueblo y la dueña del kiosco de chucherías se las había apañado para conservar el único ejemplar (que se supiera) de un libro arcano cuyo rastro se suponía totalmente erradicado.

Afirmaban que todos los ejemplares se habían perdido; se habían volatilizado de un modo que solo podría calificarse de paranormal.

—Fueron Los Que Mueven Los Hilos —había dicho la señora—. En cuanto fueron conscientes de su existencia los hicieron desaparecer.

Se creía que una habitante del otro lado se había hecho tan amiga de una persona del mundo real que había terminado prestándole el libro que narraba la historia de su tierra. La susodicha persona había alucinado tanto que había terminado por publicarlo y difundirlo por su cuenta, desatando la preocupación (y posiblemente la ira) de Los Que Mueven Los Hilos, esas entidades que… movían los hilos.

Ella no sabía si era cierto que se habían hecho con todos los libros. Lo que sí sabía era que, de ser así, habían pecado un poquito de ingenuos al considerar que una medida semejante podría evitar que la información continuara propagándose. La invocación a la Muerte que contenían sus páginas era fácilmente localizable por internet. Claro que ella se tomaba el asunto demasiado en serio y había preferido dedicarse en cuerpo y alma a la búsqueda de un ejemplar físico: sabía que tenía que existir alguno. ¿Cómo iba alguien a invocar a la muerte sirviéndose de unas cuantas anotaciones sacadas del tumblr de alguna gótica adolescente?

El ocultismo no era algo para tomarse a la ligera.

Abrió el libro, ese que guardaba todas las respuestas. Toda la explicación del origen de la noche de Halloween. La revelación de cómo vivían los del otro lado. Todo ello narrado nada más y nada menos que por la Bruja Consejera.

Y la invocación, claro.

Había leído la mayor parte hacía días, pero evitando el pasaje de la invocación con todo el cuidado. No había querido leer ni una palabra hasta la noche de Halloween, aquella en la que los límites se desdibujaban. Aquella en la que el velo se tornaba tan fino que era posible mirar a través de él.

Ha llegado el momento, pensó.

Ahí estaba. Había marcado la página con una hoja de laurel.

Frunció el ceño.

—Joder, ¿en serio?

No había nadie cerca para escucharla, pero no pudo evitar levantar la voz.

—Esto no tiene sentido.

Se obligó a centrarse. No tenía sentido, no, pero no era necesario que lo tuviera. Era así y punto. Inspiró profundamente y leyó:

—¡Abra Cadabra Pata de Cabra! ¡Muerte! ¡Escucha mi llamada!

El silencio invadió la habitación durante varios segundos. Durante muchos segundos. Durante más de un minuto entero. Ella ya estaba medio convenciéndose de que había fracasado. De que todos sus esfuerzos no habían servido para nada. Pero, justo cuando empezaba a considerar la idea de apagar la vela y ponerse en pie, una humareda digna de concierto siniestro invadió la habitación.

Hizo aspavientos con los brazos para apartarla.

Qué raro, pensó. Precisamente hoy no he quemado hierbas.

El humo se fue dispersando poco a poco y, en su lugar, quedó un tipo altísimo de largos cabellos y vestimenta negra.

—Ay, joder. ¿Quién eres tú?

El individuo miró alrededor. Parecía ligeramente confundido.

—Tu indumentaria podría llevarme a engaño. También esta habitación tan morbosamente decorada como la de una Bruja Muy Mala. Pero no. No. Sé que no estoy en Villa Halloween.

Se quedó con la boca abierta. Se quedó absolutamente de piedra. Porque, a pesar de haberle preguntado quién era, no necesitaba ninguna respuesta. Ella había invocado a la muerte. Y Muerte estaba ahí mismo, justo delante de sus narices.

De hecho, ni siquiera había forma de tomarlo por alguien más: el libro estaba adorablemente ilustrado y era evidente que la presencia que estudiaba su habitación con cierto desagrado era nada más y nada menos que la parca en persona.

—¡Oh, maldición! —exclamó, con infinito dramatismo, antes de recoger velozmente el libro del altar—. ¿Cómo es posible que quedara uno? Habría jurado que se confiscaron todos los ejemplares.

Ella tragó saliva con dificultad.

—La mujer que me lo vendió me aseguró que el almacén de su kiosco se encuentra en una especie de agujero espacio-temporal, ajeno a toda ley universal, y que por eso nadie pudo localizarlo. También afirma que es el secreto de que los donuts y las chucherías de su tienda aguanten tanto sin ponerse rancios.

—Debo irme —dijo el alto, muy serio—. Puede que invocar a la muerte por puro divertimento te parezca un maravilloso plan para una noche como hoy, pero da la casualidad de que las personas (y los monstruos) tienen la mala costumbre de continuar muriéndose en cualquier momento.

Le echó un vistazo al despertador que descansaba en la mesita de noche.

—He de recoger un alma en menos de veinte minutos. Y eso si las Brujas Muy Malas no me interrumpen para importunarme con alguno de sus absurdos requerimientos.

Parecía muy estresado. Lo habría lamentado por él si hubiera sido capaz de sentir algo más que pasmo absoluto.

Pero debía reaccionar. No podía permitir que se marchara.

—No puedes irte —rogó.

—Vaya si puedo.

—¡Esta noche el velo se levanta! ¡Los límites se borran!

Muerte parpadeó con absoluto aburrimiento.

—¡Esta noche puedes hablar conmigo! Así que escúchame.

—Señorita, esta noche las brujas, fantasmas, zombies, hombres lobo y demás alimañas de Villa Halloween salen a divertirse. Y ya está. Te lo digo aunque estoy seguro de que ya lo sabes. Pero yo tengo un trabajo que cumplir, un trabajo del que nunca, jamás, descanso. Y, francamente, me parece bastante irrespetuoso por tu parte que…

—Moira tiene razón. Te hace falta divertirte. Todos necesitamos desconectar.

—Oh, por favor, no hagas eso.

—Vale, da igual. La cuestión es que no te he invocado por divertimento, como dices.

—¿No?

—No. Te he invocado porque esta noche… Esta noche el velo… Joder, te he invocado porque necesito comunicarme con mi abuela. Ella me crió y hay millones de cosas que nunca le dije. Suena a tópico, lo sé, pero yo solo era una cría pedante que renegaba de todo y le contestaba mal, y estábamos enfadadas cuando me dejó y es algo que me atormenta y mi vida es un poco desastre y necesito… Necesito su guía y su apoyo.

Muerte la observó durante un momento eterno.

—¿Qué te hace pensar que podría serte de ayuda?

—¿Siempre preguntas lo mismo?

—Ah, demonios —Se paseó arriba y abajo de la habitación—. ¿Sabes? Creo que ya sé por dónde vas. Has leído ese maldito libro y te has quedado con la impresión de que soy alguien amable y siempre dispuesto a echar una mano. No me pilla por sorpresa. Otras personas me invocaron para pedirme favores peregrinos antes de que requisáramos todos los libros. Admito que tú al menos has tenido la decencia de solicitar algo relacionado con mi trabajo. Llegaron a pedirme que intercediera en una entrevista de trabajo y en unos exámenes finales.

—Pero es verdad que eres amable. Ayudaste a Sindel y a Moira cuando el futuro de Villa Halloween pendía de un hilo.

Muerte se acercó. Se acercó mucho; solo un paso los separaba ahora. Ella estuvo tentada de retroceder. No era fácil tener a la muerte tan cerca y quedarse tan ancha.

—He de irme.

Se dio la vuelta.

—¿Y eso es todo?

—Lo es.

—¿No vas a dejar que hable con mi abuela?

—Estoy seguro de que conoces la respuesta: solo los escritos de Destino pueden determinar si tu familiar va a comunicarse contigo de algún modo o no. No está en mi mano actuar al respecto.

En su mirada se apreciaba cierta tristeza. Ella tuvo ganas de llorar, no sabía muy bien si por su plan frustrado o porque la enternecía que a aquel Increíble Ser de Las Tinieblas le supiera mal no poder ayudarla.

—Puede que esto te parezca insuficiente, pero escucha con atención: tu abuela te prestará su guía y su apoyo en cualquier caso. Hables con ella o no.

Hizo una reverencia, provocando que la capa negra ondeara misteriosamente.

—Muy convincente tu disfraz de bruja. Seguro que Sindel estaría de acuerdo conmigo.

—¡No es un disfraz!

—Feliz Noche de Halloween.

Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Se volatilizó igual que les había sucedido a los libros.

A todos salvo el suyo.

Miró el altar. La vela todavía ardía. También la varilla de incienso. Y el libro falsamente envejecido descansaba en el centro, presidiendo la escena brujeril.

Estaba segura de que Muerte se lo había llevado. ¿En qué momento lo había devuelto a su lugar?

Confía en mí, pensó.

Y sonrió.

A pesar de todo, sonrió.

bruji

Ilustración de Gemma Martínez